Cómplices Parte 2
Más allá de la escuela: un aprendiz que desafía los límites.
Aquí encontrarás una mente inquieta. Tardó tres días en nacer (se tomó su tiempo). Sus palabras son: "lo bueno se hace esperar", y con eso nos quedamos. Mi hijo menor, con apenas 16 años y un sueño tan sólido como su forma de mirar el mundo: es ser veterinario, porque su amor por los animales y su curiosidad no caben en cuatro paredes.
Hay en él una capacidad especial para aprender, para cuestionar y para ser un buen amigo; es el típico joven con un espíritu crítico bien definido, que observa, analiza y desafía, siempre con respeto y una pizca de ironía inteligente. Su cariño hacia mí es profundo pero discreto, y aunque a veces no le resulte fácil expresarlo en abrazos o besos, sé que está ahí, latiendo fuerte. A menudo, siente que sus logros pasan desapercibidos; sin embargo, no podría estar más orgullosa de la persona en la que se está convirtiendo.
Fue un niño profundamente deseado, esperado tras la sublime experiencia de la llegada de su hermano mayor, y ha traído consigo una nueva forma de aprender y de enseñar en casa. Junto a él, he vuelto a descubrir el mundo: mirarlo a través de sus ojos me ha llevado a entender que aprender no es solo cuestión de libros o aulas, sino de conversaciones cotidianas, de preguntas inesperadas, de retos compartidos y de vivencias que no caben en ningún currículum oficial.
Él mismo, quizás sin saberlo, es parte de esa "sociedad desescolarizada" que imaginó Illich: un aprendiz autónomo, guiado por su curiosidad, capaz de crear sus propias redes de aprendizaje. Es, también, ejemplo de lo que Lave y Wenger llamarían una comunidad de práctica: aprende y enseña junto a sus amigos (o de quien le necesite), crecen juntos, se acompañan en sus intereses y desafíos, formando lazos que son tan instructivos como afectivos.
Hoy sólo puedo darte las gracias, hijo mío, por tu existencia. Por haberme mostrado caminos nuevos, por tu paciencia cuando mi conocimiento o experiencia no alcanza para darte la respuesta perfecta, por esos momentos en los que no he sido asertiva y simplemente he hecho lo mejor que he podido. Y, sobre todo, te pido perdón por aquellas veces en las que no supe acompañarte como merecías. Hemos aprendido juntos, hemos cruzado tormentas y celebrado victorias… y aquí estamos, saliendo siempre adelante, cómplices en el verdadero sentido de la palabra.
Gracias, de corazón. Por elegirme como madre y por ser mi constante inspiración.